Congojas de una sonámbula


Desde temprana edad me levantaba en medio de la noche y hacía cosas que no tenían mucho sentido. No pasó mucho tiempo para que mis papás se dieran cuenta de que soy sonámbula.

Cuando era pequeña, la peor parte se la llevó mi hermana mayor, con quien compartía cuarto. Una madrugada empecé a tirar peluches contra la pared y cuando me preguntó que estaba haciendo, le reventé uno en la cara a ella.

Pero algo que al día de hoy no me perdona fue cuando agarré toda su colección de muñecas de Strawberry Shortcake (Fresita) y las tiré una por una en el escusado. Por supuesto, al día siguiente no me acordaba de nada.

Y una vez, mi papá me detuvo justo a tiempo cuando, después de abrir la gaveta de las muñecas, me estaba bajando los pantalones para orinar ahí.

Ya en mis años de adolescente eran otro tipo de cosas las que hacía. Por ejemplo, meterme a bañar a las 3 a.m creyendo que era la hora de alistarme para el colegio.
No obstante, creo que lo más gracioso que hice a causa de mi sonambulismo fue caminar con los ojos abiertos, totalmente dormida, de la cocina hacia mi cuarto sosteniendo un plato. Cuando mi mamá me preguntó “¿para qué es?”, me desperté súper desubicada y le dije inconscientemente que era para partir el queque. Segundos después, al ver su reacción, me di cuenta de las tonteras que estaba diciendo y me fui al cuarto lo más rápido que pude, entre la risa y la pena.

El que no es sonámbulo realmente desconoce las congojas que uno pasa. Sobre todo cuando va a un paseo, duerme en casa ajena o tiene una nueva pareja.
Yo he pasado noches enteras como un zombie buscando mi cartera, una gorra o cualquier objeto que sueño que perdí.

También me he levantado en medio de la madrugada a guardar ropa en el armario o esconder mi reloj en lugares que al día siguiente no puedo recordar. A veces he abierto los ojos y estoy en medio de la sala.

Es súper cansado ser sonámbula. No sé con qué frecuencia me pasan estas cosas porque normalmente no puedo recordarlas, pero hay días que me despierto sintiendo que no dormí nada.
Más bien, las últimas hazañas “sonambulísticas” fueron mis exnovios quienes tuvieron que contármelas.

Gracias a Dios, de momento, no me ha dado por agarrar cuchillos, ni salirme de la casa. Solo han sido como hablar tonteras, sentarme en la cama, creer que el cuarto es un tren en movimiento y seguir buscando cosas, obviamente.
Repito, el que no es sonámbulo realmente ignora las congojas que uno pasa cuando va a un paseo, duerme en casa ajena o tiene una nueva pareja. Por eso, cada vez que me expongo a una de estas situaciones primero advierto: ‘¡Peligro sonámbula en casa!’

*Foto de http://www.diariopopular.com.ar

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