La infancia en los 80´s

ninez

De una vez les adelanto que en este post se me sale un poco la roquera, pero no del verbo rock Metallica, jacket de cuero, sino de “roca”, es decir, entrada ya en añitos. Esto porque mi niñez fue hace rato y muy diferente a la de gente más nuevita.

Cuando se es niño todo es más divertido, porque uno apenas está descubriendo el mundo. Todos tenemos anécdotas vacilonas. En mi caso, me acuerdo un día en el zoológico con mi papá en el que vi una llama por primera vez y le dije muy asombrada: ‘¡Papi un conejo gigante!’ La gente se reía y yo no entendía por qué…

Otro día como a los cuatro años tenía ganas de ir al play a la par de mi casa. Le pedí a mi hermana mayor que me “ensuetara” (o sea, que me pusiera la sweater…) y le aseguré que ya teníamos permiso para salir. No les puedo explicar la cara de mi mamá horas después porque se despertó de la siesta y en vez de estar seguras en la casa, estábamos afuera jugando solas. Obviamente no había pedido permiso, pero es que era capaz de inventar cualquier cosa por unos minutos de tobogán y pasamanos.

También tuve una amiga imaginaria que me acompañó muchos años y era súper útil cuando necesitaba echarle la culpa a alguien más por las cosas que hacía. Si hubiese hablado de Piti en estas épocas me tendrían sentada en el consultorio de algún psicólogo, en cambio antes uno se aburría tanto que, mientras estuviera entretenida, casi que hasta le ponían un puesto en la mesa para darme pelota.

Hablando de psicólogos, no sé cómo todos los que nacimos en los ochentas estamos cuerdos. Con programas como Thundercats, Halcones Galácticos, Ulises y Candy cualquiera se jode la ‘jupa’. Personajes súper bizarros, tramas muy complicadas y trágicas. En ese tiempo de fijo aptos para todo público.

El problema es que yo no tenía mucho tiempo para ver programas porque siempre fui muy tortera. Desde los dos años empecé a quebrar desenfrenadamente todos los adornos de la casa por andar siempre atarantada.

Mi ‘graduación’ fue el día que entré al cuarto de mi tío, me subí en una pesa gigante en la que empecé a balancearme con los pies, hasta que se me resbaló y rodó chocando contra la mesa en la que estaba su tele nueva que en pocos segundos se estrelló contra el piso. ¡Ups! Terminé llorando amargamente mientras repetía que mi papá no podía pagar eso porque solo ganaba cinco colones al mes.

¿Qué me dicen de esa obsesión loca por las piscinas? Uno podía pasar metido seis horas seguidas sin cansarse y el momento de la pesadilla empezaba después del almuerzo cuando por mandato de los papás no podía meterse hasta que hiciera la digestión por los temidos calambres. Yo me quedaba en la orilla solo mojándome las “paticas”, pero cada vez que se despistaban me iba metiendo más, hasta que ya estaba casi nadando.

Otro clásico era la tocadera del timbre en las casas del barrio. Sé que para algunos en estos días es como una leyenda urbana, pero yo realmente lo hacía con mi prima. ¿Cuál era la gracia? Jajaja, no lo entiendo ahora, porque ni siquiera llegábamos a ver la cara de la persona que abría, pero era esa adrenalina deliciosa de pensar que hacíamos algo ‘prohibido’ y de correr por nuestras vidas.

Una tradición que ya murió era la típica llamada a molestar a números desconocidos o al chiquillo que a uno le gustaba y cuando contestaba había que tirar el teléfono (muy pinta). Saladas las generaciones de ahora porque desde que hay identificador de llamadas se acabó la fiesta.

Algo muy curioso de esta etapa es que muchas veces empiezan a aparecer los talentos, gustos o cualidades que más adelante se pueden convertir en la profesión que escojamos. Yo por ejemplo grababa un programa de radio en el equipo de sonido de mi papá (con anuncios incluidos). Además, cada vez que veía una cámara de video encendida me ponía enfrente y empezaba a narrarles a mis espectadores ficticios el paisaje en el que me encontraba.

Les cuento también que a los 11 años escribí mis primeros poemas. Me devoraba unos libros que se llamaban Escalofríos y era muy buena en español. Desde ahí todo parecía indicar que iba a dedicarme a alguna de las ciencias sociales.

Con todo esto, adonde quiero llegar es que a veces olvidamos lo que soñábamos cuando éramos niños, es manera tan pura con la que veíamos al mundo y las personas, de lo naturales y espontáneos que éramos.

Los invito a que hoy le rindan tributo a ese niño tocando los timbres, tirando huevos, comprándose una Barbie, pony o transformer, o hasta comiéndose todos los confites que puedan hasta que les duela la panza y buscando en Internet capítulos de sus programas favoritos a esa edad.

¡Feliz Día!

la foto

*Veme la pose. Foto extraída del album de fotos de mi mesa de noche

5 Replies to “La infancia en los 80´s”

  1. Me hiciste recordar de un extraño deseo, quería todo verde. Un auto verde, una casa verde, una novia verde, ser verde… y estoy hablando de forma ecológica.

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