Chao William, ya no quiero ser princesa

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Confieso que siempre me da risa cuando oigo a alguna mujer decir que es una princesa o más aún cuando cree que actúa como una, porque generalmente prostituyen este concepto. Culpa de sus padres, de las revistas, de sus novios mangoneados, o de quien se les ocurra todos pagamos los platos rotos.

En nuestra mente las princesas se ponen grandes vestidos casi siempre rosados, tienen muchos súbditos, hacen muchas fiestas y todos deben hacerles la reverencia por donde pasan.

Decir que uno es princesa es como el derecho a ser malcriada, inútil y dependiente solo por el simple hecho de ser mujer. Es la licencia para exigirles (leyeron bien no es pedirles es EXIGIRLES) a los hombres que hagan todo por nosotras y con buena cara obvio.

Me encantaría que esas princesas wanna be vivieran algunos días con las reglas de la realeza de verdad a ver si aún les parece tan divertido.

El tema de la suegra aquí se vuelve fundamental. Si fuera Princesa toda la corte debe llamarla como a la Reina se le antoje ponerle o como propiedad de su Príncipe por ejemplo La Princesa de William de Zapote.

Durante la cena debe dejar de comer en el momento que la Reina lo haga, si aún le queda comida en el plato ¡Qué pena mamita, la próxima vez a ponerle!

Aquellas minifaldas, vestiditos cortos o leggins mejor botarlos a la basura porque la cosa es de traje de sastre para arriba con puras enaguas, vestidos cocktail y abrigos de cachemir hasta las rodillas como toda una señorita. Dios guarde vaya a desatar halagos excesivos, mejor tapadita y todos felices.

Bromas o comentarios sobre cualquier tema polémico mejor se las va ahorrando, una buena princesa calladita es más bonita y si quiere sonreír procure hacerlo con medida, casi como la de la Monalisa.

Todo lo anterior es para aquellas que tienen un poco más de suerte, también está la típica que tiene que caminar tres pasos atrás de su esposo con la cabeza siempre abajo, las que no pueden bañarse solas o mirar a los hombres a los ojos.

A pesar de todo ese glamour y riqueza que envuelve ese mundo, al final es como vivir en una jaula de oro llena de infinitas reglas y mandatos hechos hace cientos de años que por más anticuados que sean deben seguirse al pie de la letra.

No sé ustedes pero prefiero mil veces ser una plebeya con la liberta de escoger lo que se pone, lo que dice, lo que se come y caminar de la mano a la par de mi pareja, que bajarle la cabeza a un baboso solo por haber nacido en cuna de oro.

Ahora sí díganme ¿quién quiere ser princesa?

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