Un día como modelo de pasarela

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En mis años mozos adolescentes siempre veía los canales de moda y cada una de las pasarelas de los principales diseñadores alrededor del mundo, soñando en algún momento subirme a una y caminar con full estilo. En ese entonces la industria de la moda en Costa Rica no estaba muy profesionalizada.

Varias de las modelos de nuestro país tenían caderas, piernotas y en general curvas. Aunque yo no era el estereotipo de alta costura internacional, ni tampoco el de las pasarelas ticas, estaba joven y era un poco flaca y alta (en eso en algo ayudaba).

Por contactos una cosa llevó a otra y conocí al organizador de varios eventos, de esos que pasan metidos en las fiestas de la avioneta set. Me contó que estaba planeando una pasarela de caridad que reuniría a las principales marcas del país.

Y así, sin casting ni nada me invitó a participar. Yo pensé que era súper afortunada porque fue muy fácil conseguir mi primera experiencia en ese ámbito. El chiste estaba en que no iba a pagarme porque “era algo sin fines de lucro”. Pero realmente eso fue lo que menos me importó, creo que hasta hubiese pagado por salir.

Traté de ser súper profesional y seguí todas las indicaciones que me dieron.  Primero fui a la tienda de una señora argentina que de casualidad conocía y me probé varia ropa. Terminaron dándome una enagua jeans con encaje por debajo de la rodilla, una blusa verde sin mangas y unos tacones como de 10 centímetros.

Seguí a una tienda de vestidos de gala en la que también me probé varios. Me enamoré de un vestido coral y a pesar de que ya se lo habían asignado a otra modelo terminaron dándomelo a mí, seguro porque me veía “soñada”. O eso pensaba yo.

El gran día llegó. Me pidieron llegar cuatro horas antes de que empezara la actividad, pero me parecía algo raro que no hubiese un ensayo programado. Pensé que a lo mejor siempre era así. De todas maneras lo único que importaba era que mi sueño estaba por cumplirse y a lo mejor podría pasar del Hotel Corobicí directo al fashion week de Milán.

Apenas llegué, una de las organizadoras me agarró de la mano y me llevó adonde una modista tica que tenía ahí todos sus diseños y no se los habían asignado a nadie. Me empezaron a poner un batón blanco y una enagua larguísima, socados con un montón de mecates delgados blancos alrededor. Me veía como el legítimo tamal mal amarrado.

Abriendo. Ella era la primera diseñadora del desfile y adivinen ¿a quién le iba a tocar a abrir la pasarela? En ese momento me empecé a poner nerviosa porque no tenía idea de qué hacer y ni siquiera podía imitar a las otras porque yo iba a ser la primera de todas.

Pedí uno que otro consejo hasta que un alma caritativa se apiadó de mi y paradas en la pasarla empezó a decirme: “meté la panza, enderezate, pecho hacia el frente, culo hacia afuera, caminá despacio, podés mover los brazos solo del codo para arriba” ¿Ah?

Con el poco dominio de tacones que tenía, la experiencia nula y mis nervios de principiante,  ¿cómo era posible memorizar todo eso? Como si no fuera poco, me explicó también que al llegar a la pasarela tenía que girar tres veces: izquierda, derecha y atrás. De nuevo, ¿ah?

Empezaron a maquillarnos a todas y aquello se convirtió en un departamento de enderezado y pintura masivo. Me encontré a un par de amigas, otras conocidas y, como ellas ya tenían algo de experiencia , yo sentía que era la única que estaba desubicada.

Otro par de horas pasaron y no hablé mucho con nadie. Solo observaba a decenas de jóvenes corriendo de un lado a otro, cambiándose, chismeando sin parar y algunas enjachándome como diciendo “pobrecita si se cree modelo”. La gente empezó a llegar. Yo estaba detrás del escenario y en eso vi a mi mamá entrar orgullosa como si fuese a verme a un acto cívico de la escuela.

Mi primera salida era relativamente fácil porque iba descalza con el batón. Como iba de primera me dejaron súper cerca de las gradas por dónde debía subir y me dijeron que ya casi empezábamos. Ese “ya casi” significó una hora de hipotermia en mis pies sobre el piso helado.

No obstante, por fin fue mi turno y salí. Yo caminaba sacando esto, metiendo lo otro, trataba de no sonreír, pero varios conocidos me hacían barra y no podía evitarlo. Seguro fui un desastre total; sin embargo, yo sentía que no lo estaba haciendo tan mal.

Cuando llegó mi segunda salida lo hice de nuevo sin pensarlo mucho; pude notar que los hombres me veían con cara de “debe ser una bruta, pero está bonitilla”. Mi tercera fue con el vestido coral y ya no podía mover los pies de lo cansados que los tenía. Tras de todo tuve que hacerlo con unos tacones gigantes. Apenas como “lora untada de caca”. Cada paso me dolía más que el anterior. Ya para ese entonces yo solo pensaba, ¡qué duro esto de ser modelo, por favor que se acabe!

Aún no sé si fue una buena o mala experiencia, simplemente fue una experiencia más y me gustó no haberme quedado con las ganas. Por otra parte admiro a las modelos ya que no es fácil exponerse como un estándar de belleza frente a un montón de personas listas para atacar.

Termino diciendo que aquella pasarela fue lo más poco profesional que ha existido en el mundo de la moda. Tanto que no necesité salir en más para comparar. Sin embargo, con el paso del tiempo descubrí que existen modelos, agencias, diseñadores y eventos locales de gran calidad internacional que nos hacen no tener que enviarle nada a otros países.

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