La semana pasada iba de viaje y como la legítima comehuevos decidí irme en el primer vuelo para que “me rindiera más” el paseo. A las 4:00 a.m, ya en el aeropuerto, empiezo a luchar contra el sueño y se me ocurre entretenerme analizando a la gente.
Empiezo por la parte en la que uno hace el check in y me meto en la fila de los que se prechequearon por Internet. En eso siento que una señora me ‘enjacha’ desde la fila normal porque la mía tiene mucho menos gente. ¡Qué pena señora, yo sí hice mi tarea ayer! ¡Baja el app, pone su número de confirmación, dos clicsitos más y ya! Son solo cinco minutos que le ahorran mucho tiempo. Yo le devuelvo una sonrisa como de “tome chichí” y sigo en lo mío. Que chupe fila por poco tecnológica y envidiosa.
Ya con el tiquete de abordar en la mano, voy por la parte en la que uno tiene que quitarse hasta los zapatos y veo delante mío a un par de los que por la hora literalmente llegan todavía con lagañas y la cobija marcada en el cachete. Ellos, muy tranquilos, creen que nadie se da cuenta de que vienen añejos. ¡Gatísimos!
Avanzo hasta la puerta en la que me toca y, de repente, me topo con una “enchonetada” (sujeto femenino que porta en su cabeza un chonete) y me parece súper vacilón porque ahora que Costa Rica en el mundo “está de moda”, si no fuera tan incómodo viajar con una enagua típica, fijo más de una lo haría por el nuevo “orgullo tico”.
Cuando me siento a esperar, empieza una clase de sesión de fotos del grupo que está a la par mía, en todas las posiciones, con toda clase de ángulos, caras, gestos y tipos de zoom. Todo bien con tomar fotos, a mi también me encantan, pero aunque ya no estamos en los tiempos de la cámara con rollo, porfa, guarden un poquito de memoria del celular y energía para el viaje que es la parte más chiva. Digo, es solo una opinión.
Agarro mi celular para que se me pase más rápido la espera y cuando veo Facebook me pongo a pensar que a las personas les encanta publicar que están en el aeropuerto, pero nunca en lugares como Palí, Pequeño Mundo, el consultorio de la psicóloga o la feria del agricultor. ¡Alguien que me explique!
En fin, en mi misma sala está una selección nacional de algún deporte y aunque son ya casi las 5:00 a.m gritan, hacen porras, caminan de un lado a otro. ¡Y lo hacen con una clase de energía! De veras que tienen un chip de madrugue admirable para estar a esas horas como si nada.
Vuelvo a ver hacia el otro lado y me topo a una amiga que no veo hace meses, lo mejor que me pudo pasar. Una sesión ilimitada de chisme durante los próximos 40 minutos porque no tenemos nada mejor que hacer ninguna de las dos. ¡Qué maravilla!
Empiezan a llamar a abordar y se levanta el legítimo vivazo, no ha terminado la muchacha de la aerolínea de hablar por el micrófono, cuando ya está de primero aunque sea del grupo cuatro y vayan apenas por el uno. Es un misterio total. ¿Por qué le urge tanto? Es como si le fueran a dar postre gratis por llegar primero. ¿O es que quiere volarse más horas de sillón de las que ya de por sí le tocan? Tranquilidad que no lo va a dejar el avión, se lo prometo.
Ya en el avión hay siempre un clásico. Uno pasa enfrente de los de primera clase sacando pecho y muy digna como si en el fondo no supiera que ellos van a comer y dormir más rico.
Pero jamás admitirlo, uno los ve con cara de “es más acogedor ir atrás todos apiñados” y se consuela al pensar que de fijo hasta la señora que le toque a la par le va a compartir un sánguche o mínimo unas galletillas.
Llego a mi asiento orgullosa de que pude agarrar el de la salida de emergencia porque tiene más campo (ese también es un comportamiento de vivaza) y al rato se me sienta a la par una muchacha. En pocos minutos me cuenta la historia de amor con su esposo, la de su hijo y todas las frustraciones que tiene en este momento al llevar una vida agitada. Hasta llora un poco y al final me confiesa que vale la pena. ¡Qué rico hacer catarsis con gente desconocida! No creo que muchas culturas lo hagan con la misma facilidad que nosotros.
El vuelo transcurre normal y por supuesto cuando aterrizamos la gente empieza a aplaudir, los pocos extranjeros que van con nosotros se vuelven a ver extraños y yo solo pienso:
¡Qué linda es mi Costa Rica!

Leave a comment